Las puertas de Valdrenys
Maerian
observó el resplandor distante y apretó las riendas con la zurda. La garganta
del caballo vibró. Arrojó un resoplido sordo. Sacudió la cabeza y bufó de
nuevo. El galope se extendió. Luego se convirtió en un trote. Finalmente,
caminó. Maera percibió la tensión en su cuello. Sus instintos se agudizaron.
Cerró la boca y tensó su mandíbula. Apretó los dientes y suspiró.
Próximo,
las hogueras marcaban la falda de la colina de un tono rojizo. Un recuento
exacto que se apreciaba a simple vista, pero que no respondía a la logística de
un contingente invasor ni a la premura de una vanguardia en marcha.
—Diecisiete
—murmuró.
El
muchacho que cabalgaba junto a ella, enderezó la espalda sobre la montura. El
cuero de su coselete crujió bajo la brisa helada.
—¿Qué
dice, capitana?
—Cuenta
las llamas, Oren. Son diecisiete.
Entornó
los párpados, y buscó la pendiente entre las sombras cambiantes de los pinos,
pero desde la hondonada del camino le resultó imposible divisar más allá de la
maleza.
—A lo
mejor el monte oculta las demás. Podrían ser más.
—No lo
son.
Maerian
tiró del freno. La yegua movió su cabeza y pateó la gravilla helada. Se detuvo.
Estaba nerviosa. Su jinete se dio cuenta y buscó calmarla con unos suaves
golpecitos en el cuello. Tras su grupa, los cinco soldados restantes frenaron a
un tiempo.
La
fortaleza de Valdrenys descansaba a menos de una legua. Las murallas se
ocultaban aún tras el lomo de la tierra, pero Maerian conservaba grabado en la
memoria cada paño de piedra. Pasó allí seis inviernos de campaña. Conocía el
rincón del patio donde el viento acumulaba los ventisqueros, la saetera que
recibía el primer destello del alba y el trayecto exacto que recorría un herido
tambaleándose desde el rastrillo oriental hasta el puesto del maestre. Conocía,
que desde el altozano que tenían enfrente se divisaba el adarve completo.
Las
hogueras ardían justo al otro lado.
—Nos
aguardan —dijo.
Oren tragó
saliva. El desasosiego se instaló como una mala noche.
—¿Mercenarios
del norte?
—Todo
apunta a ello.
—Si
nos están esperando, deberíamos dar media vuelta y buscar los vados del sur.
Maerian
desvió la mirada hacia el muchacho. Oren acababa de cumplir diecinueve años y
portaba al cinto una espada de gavilanes anchos que le golpeaba el muslo a cada
paso del caballo. Su padre regentaba una fragua en una aldea de la que solo
quedaban cimientos calcinados. Dos meses atrás, el chico había prestado
juramento bajo la insignia de Maerian por la simple razón de que la tierra no
le ofrecía otro lugar hacia dónde ir.
—Si retrocedemos
ahora —repuso Maerian—, se apoderarán del bastión en un abrir y cerrar de ojos.
—Si
avanzamos a ciegas, nos masacrarán en la cañada.
—Una
deducción impecable, y hasta algo escalofriante, por si no te has dado por
enterado.
Oren
contempló el resplandor lejano y ajustó el fiador del yelmo.
—No me
agrada ninguna de las dos perspectivas.
—Cosa
que demuestra que tu cabeza conserva el sentido común, y que todavía eres terco
como mulón de granja.
Hincó
ligeramente las espuelas. La yegua se adentró en la ladera descendente, donde
el camino se estrechaba al cruzar un bosquecillo de abedules. Las ramas secas
se cruzaban sobre sus cabezas como costillas de un esqueleto expuesto al raso.
El aire olía a nieve fresca y a humedades de hojas muertas. Ningún pájaro alzó
el vuelo entre la arboleda. La quietud resultaba densa. Molesta. Muy molesta.
Al
dejar atrás el último tramo de abedules, la mole gris de Valdrenys se recortó
contra el horizonte. Las murallas parecían más bajas y austeras que en sus
recuerdos. El puente levadizo permanecía alzado, mostrando la madera tachonada
de hierro de la puerta principal. Y sobre la mampostería todavía flameaban los
pendones, tensados por la ráfaga helada que descendía de los picos. Sobre el
adarve del lado occidental, Maerian divisó el perfil de varios hombres armados
con arcos de tiro largo.
Levantó
una mano. Los caballos detuvieron el paso en medio de resoplidos. Tenían sed.
Estaban cansados, y se veían nerviosos.
«Que
ninguno relinche, o estaremos jodidos.»
—¿Qué ocurre,
capitana? —preguntó Oren.
—Observa
el pendón.
—Lo
veo. Es el ciervo de la casa real. El blasón sobre fondo azur.
Maerian
guardó silencio. El paño ondeaba sobre la torrecilla principal, pero la figura
estilizada del animal no apuntaba hacia las almenas. El ciervo caminaba boca
abajo, con la cornamenta orientada hacia el foso. Y desde ese flanco occidental
de la fortaleza. Dicha interpretación, indicaba una consigna de alarma, en
lugar de una capitulación inminente.
—Que
nadie mueva un solo musculo —ordenó, Maerian girándose hacia el grupo.
—Nos
vieron —murmuró uno de los veteranos, señalando con el guantelete hacia la
muralla.
Una
figura con cota de malla apareció en el saliente de la barbacana.
—¡Capitana
Maerian!
La voz
retumbó en la cañada, áspera por el viento. La mencionada reconoció el timbre
de inmediato. El comandante Harven, a cargo de la guardia militar de Valdrenys.
Algo
le recorrió la nuca. Presintió que estaba al borde de una trampa.
—¡Abran
la puerta! —gritó Harven desde lo alto—. ¡Tenemos bajas en el patio exterior!
¡Precisamos refuerzos de inmediato!
Nadie
en la vanguardia hizo ademán de avanzar.
—¡Maerian!
—reiteró la voz—. ¡Entren de una vez!
La interpelada
examinó la pared de piedra. Contó más de veinte arqueros apostados en las
troneras, todos rígidos, con las cuerdas de los arcos sin tensar, pero con las
saetas puestas en la muesca. Y el silencio del patio interior pesaba más que el
vocerío del comandante, lo cual la inquietó todavía más. Intuición femenina. Instinto
de supervivencia. Señales imposibles de evitar. Todo influía en su corriente sanguínea
como un altercado en desorden.
—¿Dónde
está el príncipe? —inquirió, ahuecando la mano junto a la boca.
Harven
tardó en responder. Frunció el ceño. Respiró controladamente.
—En la
torre del homenaje. Protegido.
—¿Y el
maestre de la guardia?
El
viento trajo el chasquido de un gallardete contra la piedra. Nada más.
—Falleció
al amanecer.
Maerian
se apeó, dejando caer las riendas sobre la hierba marchita.
—¿Qué
intenta hacer? —Susurró Oren.
—Aclarar
este dilema de cerca.
Avanzó
por la franja de tierra descubierta hasta detenerse a treinta pasos del foso.
—¡Harven!
—el hombre se inclinó sobre el pretil. Para el que lo viera, se presentaba
corpulento, de barba canosa y anchas espaldas. Maerian lo conocía desde sus
primeros años de servicio, durante el sitio de Dun Arel. Sin embargo, en aquel
instante, la figura del comandante presentaba el aspecto de un anciano
desgastado por una década de penurias—. ¿Qué rayos ocurrió aquí?
—Sufrimos
una incursión nocturna.
—¿Qué
efectivos componían el ataque?
—Fue
imposible determinarlo.
—Esa
afirmación no dice nada.
El
comandante desvió la mirada hacia las almenas vecinas.
—Aproximadamente
doscientos hombres.
Maerian
inspeccionó el terreno. Dos centenares de combatientes podían levantar las
diecisiete piras que ardían tras la colina para simular un asentamiento, o
podían diseminarse por la meseta. También podían ser apenas veinte jinetes con algunas
antorchas.
—¿Por
qué no has despachado un mensajero al campamento base?
—Enviamos
dos.
—Ninguno
cruzó nuestras líneas.
—Lo
deduje —Harven se apoyó con pesadez sobre la piedra—. Capitana, se lo ruego.
Hay hombres desangrándose en las estancias inferiores. Necesitamos los
suministros que trae su comitiva.
Maerian
mantuvo la vista fija en el rostro del veterano.
—¿Quién
autorizó la apertura del portón durante la noche?
En ese
punto, la atmósfera sufrió una alteración instantánea. Un cambio brusco. Un
enrarecimiento en el aire. Harven despegó los guanteletes de la barbacana y se irguió
despacio.
—Nadie
abrió la entrada.
—¿De
qué manera accedieron entonces?
—No
han puesto un solo pie en el patio.
Aquellas
respuestas no gustaron. Todo parecía rondar sobre acertijos y vueltas tras
vueltas. Maerian sintió que el asunto no conducía a ninguna parte. Algo no
cuadraba. Un desconcertante evento se estaba suscitando en ese lugar. Algo que
se ocultaba. De súbito recordó los movimientos de una serpiente enroscándose
alrededor del cuello de una cervatilla.
—¿Qué has
dicho?
—Que
el enemigo no cruzó el foso.
A
espaldas del comandante, uno de los arqueros jóvenes bajó la cabeza y comenzó a
sollozar de forma imperceptible, con los hombros agitándose bajo la túnica de
armas.
—¿Cuál
es la dotación actual de la guarnición?
—Ciento
cuarenta y tres combatientes.
—¿Y
cuántos sumaban antes del ataque?
El
silencio se movió por unos segundos en los aires. Maerian apretó los puños.
Ciento cuarenta y tres hombres representaban una cifra descabellada para una
fuerza que aseguraba haber repelido una incursión salvaje. No solo eso, además,
conformaba una masa de tropa excesiva para un recinto que se empeñaba en
mostrar que no había sido atacado.
—¿En
qué sitio permanecen las bajas que no cuentas?
Harven
señaló hacia el bloque principal del complejo militar.
—En el
interior.
—¿Cuántos?
—Sesenta
y dos.
—¿En
qué estancias?
—En
las dependencias de la tropa.
Maerian
dio un paso atrás, y se ajustó el talabarte del broquel.
—Deseo
inspeccionar esas dependencias.
El
comandante negó con lentitud.
—Resulta
imposible.
—En
tal caso, mi tropa no cruzará el rastrillo.
—¡Capitana...!
—No
pienso poner un pie dentro.
—¡No
comprende la situación!
—Haz
que la entienda.
Harven
inclinó la cabeza, y apretó los puños contra el pretil hasta que los nudillos
se tornaron blancos.
—Un
mal… un nocivo adagio, por demás fatídico, se extendió entre ellos. Se hallan
enfermos.
Oren
se permitió acercarse un poco más.
—¿Qué
clase de peste? —continuó Maerian.
—No…
lo sabemos.
Nadie
más ofreció respuesta en lo alto del muro. Maerian evocó la advertencia que el
viejo maestre le confió años atrás, poco antes de ser enterrado bajo el
sotobosque del valle.
«Cuando
un oficial intente sembrar el pánico en tus filas respecto a un peligro
distante, averigua de inmediato qué movimiento pretende ocultar mientras
mantienes los ojos fijos en la amenaza.»
Giró
la cabeza hacia la meseta. Contempló las llamas lejanas y volvió a fijar la
vista en el arco del portón.
—En
ese caso. No hay ningún contingente invasor tras el altozano.
Harven
permaneció inmóvil sobre el parapeto.
—¿Qué
es lo que dices?
—Que
no hay soldados en esa colina.
—Pero…
¡Nosotros mismos vimos las fogatas!
—Observaron
el fuego, nada más —Maerian alzó el brazo, señalando la cresta—. Diecisiete
puntos de luz sin patrullas de reconocimiento, sin caballos paciendo en la
falda y sin una sola columna de humo denso tras la cumbre.
El
rostro de Harven sufrió un cambio de tonalidad.
—¿Qué
insinúas?
—Que
mantuvieron a toda la guarnición de Valdrenys vigilando la frontera norte
mientras la verdadera maniobra se ejecutaba a sus espaldas.
Una
campana de bronce vibró desde la torre central. Un tañido seco, aislado. Maerian
contuvo el aliento. Sonó una segunda campanada, esta vez proveniente del
bastión oriental. Luego, una tercera onda sonora se propagó por el recinto,
quedando suspendida en la brisa invernal.
Harven
dio media vuelta bruscamente. Un centinela avanzó a la carrera por el paso de
ronda, tropezando con el broquel de un compañero.
—¡Comandante!
—¿Qué
ocurre…?
—¡La
puerta del flanco sur!
El
oficial lo agarró por el jubón de cuero.
—¿Qué
sucede con el acceso del sur? ¡Habla de una vez!
—Está
sin traba. El portón permanece abierto de par en par.
Maerian
escuchó las palabras. Escuchó la sentencia. La realidad se contrajo a su
alrededor.
—¿Quién
retiró las trancas?
—¡No
lo sabemos!
Los
gritos comenzaron en ese instante. Las voces quebradas estallaron en las
entrañas del patio de armas.
Harven
desenvainó su espada.
—¡Apunten
al patio! ¡A las armas!
Las
campanas del recinto comenzaron a repicar sin ritmo, en una alarma desordenada.
Una saeta saltó desde la parte alta de la muralla y se clavó en la tierra, a
dos pasos de las botas de Maerian. La flecha había sido disparada desde la
saetera superior de la fortaleza.
—¡Al
bosque, de prisa!
Otra
varilla de fresno atravesó la niebla y se hincó en el cuello de uno de los
caballos de la escolta. El animal cayó sobre las rodillas en medio de
estertores, mientras el resto del grupo corría hacia la protección de los
abedules. A su espalda, el recinto defensivo de Valdrenys comenzó a consumirse.
Fue un detonante sin llamarada de artillería. La destrucción avanzó mostrando
un carácter mucho más metódico. Primero brotó una cortina de humo por una de
las ventanas del piso superior. Enseguida, la estructura del tejado de las
caballerizas comenzó a crujir bajo lenguas de fuego que devoraban la madera
seca. Los hombres corrían de un lado a otro sobre el adarve.
Maerian
alcanzó la linde de la arboleda, tomó a su yegua de la brida y se parapetó tras
un tronco grueso.
—¡Mantengan
la formación!
Oren
aspiraba el aire en bocanadas cortas, con la empuñadura temblando en su mano.
—¿Qué es
lo que… qué haremos ahora?
Maerian
contempló las torres envueltas en el humo que comenzaba a oscurecer la nieve.
Las diecisiete piras continuaban ardiendo en la falda de la colina, intactas y
solitarias.
«Porquería,
¿por qué no me habré dado cuenta?»
El
verdadero enemigo jamás intentó escalar la mampostería. No requirió emplear
escalas ni arietes. Bastó con aguardar a que la incertidumbre y la sospecha desmoronaran
la voluntad de los defensores.
—Debemos
regresar a la barrera principal.
El
chico la miró como si el pánico le hubiera despojado de la razón.
—Nos
atravesarán con los arcos en cuanto salgamos del sotobosque.
—Resulta
bastante probable.
—¿Qué
sentido tiene avanzar entonces?
Maerian
ajustó las correas de su coraza y volvió a montar de un salto.
—Que
la fortaleza no cedió frente a un ejército exterior.
—¿Cómo
qué no? ¿Qué…? No lo entiendo, señora.
—El
bastión sigue en pie, aunque se queme el patio.
—Pero
la guarnición colapsó...
Maerian
fijó los ojos en las almenas del sector oeste. Entre el humo que comenzaba a
acumularse, una silueta solitaria se recortó contra el cielo plomizo. Harven.
El comandante mantenía el brazo derecho extendido sobre el abismo del foso. Señalaba
hacia el fondo del valle.
Maerian
siguió el trazado de esa señal. Allí donde el curso de agua se perdía entre los
matorrales del sur, una hilera constante de luces comenzó a cobrar vida entre
la penumbra. Una antorcha se encendió sobre la hierba. Luego otra. Diez más en
un tramo de cien pasos. En cuestión de minutos, la línea luminosa se multiplicó
hasta trazar una segunda muralla de fuego que cortaba la retirada hacia el
llano.
Oren
soltó una imprecación entre dientes.
—¿Qué
número de efectivos componen esa columna?
Maerian
no disponía de la respuesta. Una punzada de pavor le oprimió el pecho. Temió
por la estabilidad de las murallas, por la vida de la comitiva que la
acompañaba, y por su propia suerte. Su mente la trasladó al interior de la
fortaleza. Pensó en los soldados encerrados en el complejo de la tropa, en el
portón sur girando sobre sus goznes sin oposición, en el maestre tendido en su
yacija y en los pendones que ondeaban invertidos sobre la torre.
Y
comprendió al instante, el alcance táctico de aquella siniestra maniobra. El
contingente invasor no había enviado una vanguardia para tomar la plaza por la
fuerza. Enviaron una sola consigna escrita, y alguien situado en la cima del
mando de Valdrenys resolvió ejecutarla paso a paso.
—Oren.
—¿Sí,
capitana?
—Cuando
crucemos esa puerta, no confíes en nadie. ¡Escuchen hombres! ¡Una vez que
traspasemos esos portones, solo existirán ustedes! ¡Nadie más! Solo nosotros.
El
muchacho apretó los dientes, observando la figura lejana que permanecía sobre
la muralla.
—¿Tampoco
en el comandante Harven?
Maerian
contempló al veterano por última vez. La silueta del hombre continuaba inmóvil
sobre el adarve, con la mano aún extendida hacia la columna de antorchas. De
pronto, el comandante replegó el brazo y se golpeó el peto de hierro sobre el
costado del corazón. Una vez. Dos veces. Tres veces. Maerian negó con la
cabeza.
«La
antigua contraseña de campaña de los ejércitos del norte. No se puede hablar
bajo coerción.»
—En
nadie —repitió con un tono de voz que la atormentó
Y
espoleó a la yegua de vuelta hacia las llamas. El suelto tembló. Su espada se
embebió de la sangre de sus enemigos que gritaban furibundos. Continuó sin
ceder. Destrozando a la horda de invasores que asolaban su hogar, negándose a
rendirse. La lucha fue rígida. Resistiendo hasta el límite de la locura.
Envuelta en una ahogada tragedia, atravesada por el ruin acero de la discordia.
Maerian llevó adelante la ofensiva como una leona que guía a su manada. Las
lágrimas de sus ojos se confundieron con el polvo, la sangre y las cenizas.
Contempló de frente a la muerte y se apoderó de su reino. Incomparable como una
tormenta de guerra. Se silenciaron las palabras. Se apagaron las almas de los
condenados. Se incendiaron los ánimos. Y el resplandor del coraje iluminó más
que todo. El viento se acrecentó terriblemente. Y las exclamaciones se
sucedieron con demanda. La combatieron y los combatió. Oren cayó al rato. Luego
le siguieron otros. Poco a poco su batallón se fue perdiendo. Pero ella no. Resopló
herida y los apremió. Su acero dibujó cortes y trazó ataques imposibles. Su
caballo relinchaba. Se los quitó de encima con autoridad y destreza. El enemigo,
a juzgar por descontrolada ofensiva y los desaciertos que se plasmaban en el
campo de batalla, no consiguieron detenerla. Y de repente, todo fue desapareciendo
para ellos. Aguerridos guerreros del norte que bebían a carcajadas, de pronto,
sus ojos veían a la nada. Maerian continuó y continuó, golpeando y sangrando.
Llorando y sangrando. Golpeó. Una y otra vez. Su espada se melló en varias partes.
El aliento le faltó. Los músculos le dolieron. Pero avanzó, aún después de perder
a su caballo. En medio de esa fetidez insoportable. Sobre los cuerpos de los
caídos. Prosiguió como un espectro cubierto de sangre. Golpeó a una bestia de
un metro noventa en le plexo, luego de haberle atravesado el pecho.
Trastabilló. Gimió atormentada por el dolor, las nauseas y el asfixiante
síntoma del entorno. Gritó. Se incorporó. Tomó una lanza y la arrojó. Recogió
su escudo y vomitó. Retrocedió. Se pasó el brazo por la boca. Escupió al suelo,
y se arrojó contra tres enemigos. Respondió con fuerzas. Con valor. Sus heridas
aumentaron. Jadeó exhausta. Golpeó a derecha e izquierda. Y terminó chocando
contra la pared del muro occidental. Se dio la vuelta y no vio a nadie más.
Solo el humo de los incendios. Los desfallecidos. Los caballos que corrían de
un lado hacia otro. Los gemidos de los heridos. Pero ningún enemigo. Jadeó.
Gimió profundamente. Abrió la boca y cayó de rodillas, agotada. Paseó la mirada
por todo el sitio. Sollozó y lloró. Lloró y gritó desgarrada en su corazón. A
su alrededor reinaba la desolación.
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