Bajo la lluvia El monólogo de la mujer que fui

 

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Llueve.
Lleva horas lloviendo, y yo sigo aquí, de pie bajo el alero de una desvencijada casa, viendo cómo el agua se lleva todo lo que la calle carga de suciedad. ¡Y ojalá se llevara también lo que tengo por dentro! Pero... ¡Lógico que es una metáfora! La lluvia jamás lavará el alma. Nunca podrá hacerlo. No hay manera de que eso ocurra.

¿Y a quién le importa de todos modos? Cada uno vive su vida y la arrastra o la lleva, como mejor puede. En jirones. En pedazos, o semi completa, como es mi caso, que, después de combatir a ogros y perros endemoniados, por un sueldo magro, me he dado cuenta que no he sabido valorar mi propia existencia. Una cazadora de tierras altas, que ha luchado por amores perdidos y, ha dejado atrás su historia porque deseaba algo más, no ha sido una buena inversión que digamos.

Hace diez años, si me hubiera cruzado conmigo misma en esta esquina, no me habría reconocido. Y si lo hubiera hecho, habría escupido al suelo y continuaría mi camino.
Yo… recuerdo que fue una tarde como esta cuando me di cuenta. El ruido de la ciudad se había apagado por unos segundos, y apenas el rumor de la lluvia contra el asfalto fue todo lo que se escuchaba. Bajé mi rostro, y miré mis manos. No me agradó lo que vi por aquel entonces. Porque esas manos, parecían las de una extraña. Y, carajos, fue un segundo estúpido, un segundo que me heló la sangre más que el agua que me calaba los huesos. Porque no las sentí mías. Ajadas. Cruzada de cicatrices. Duras, y encallecidas.
Y pensé en aquella muchacha que firmaba promesas con una seguridad arrogante y presuntuosa. Que juró, que a los treinta se comería el mundo. Que lo pondría bajo su puño y jugaría con él. Juró que jamás perdonaría ciertas traiciones, y que nunca, bajo ninguna circunstancia, se rendiría ante la rutina. Usaría todos los medios posibles para transformarla.
Pobre imbécil. Cuánta fe se tenía. Ciega. Ignorante. Fue vapuleada por el mundo antes que se diera cuenta. Creyó a uno y a otro. Y vez tras vez fue traicionada. Dejada de lado.
Y lo peor de todo, es que yo estaba convencida de mi inteligencia. Yo… durante años caminé convencida de que esas promesas eran contratos, y de que la vida los firmaría y los honraría. Pero la vida no firma nada. La vida te mira, espera a que bajes la guardia y te rompe las costillas por la espalda. Es la yegua más loca que pueda existir. Te abraza como un amante enamorado, y después de vaciarte los bolsillos, de exigirte días con sus noches. Se escapa por la ventana, dejándote entumecida y adolorida.
Y antes de eso, no hubo ceremonia. Ni campanas, siquiera un golpe de gracia. La juventud no murió de un tajo limpio. Para nada... simplemente se desangró despacio, gota por gota, como esta lluvia que se cuela por el techo. Carajos, de clima...
Yo la vi irse mi vida sin hacer nada, como si yo no existiera. Siquiera me dedicó una mirada. Simplemente se marchó con otro de turno.
Un día desperté, y sin más, mis amigos fueron rostros lejanos que una suele mirar a través de la ventana, al despertar. Mis pasiones se habían vuelto pasatiempos de domingo. Los sueños que me quitaban el aliento se pudrieron en algún rincón, y en su lugar, quedaron las deudas, el hastío de una miserable posada, y un cansancio que se me metió en los huesos.
Y me enfurece. Me enfurezco conmigo misma. Me da rabia. Una rabia sorda, de dientes apretados. Rabia contra el mundo. Contra los que me engañaron. Pero, sobre todo, contra mí. Por cada vez que dije “mañana”. Por cada vez que elegí lo seguro. Por cada vez que me callé para no incomodar a nadie, cuando lo que tenía que hacer era romper una condenada tradición de decir lo que pensaba. Porquería de encierro emocional.

Yo quise ser humilde y terminé pisoteada. Agaché la cabeza y me la patearon. Me di la vuelta y todos rieron. De todas formas, ¿con quién pelearía? ¿A quién le echaría la culpa? ¿A quién acusaría, si fui yo quien lo permitió?
Dolió en el interior. Sin escándalo, como duelen las heridas viejas cuando cambia el tiempo. Dolió condenadamente.
Y hoy, con esta humedad metida en el cuerpo, las siento todas a la vez. A las heridas me refiero. La decepción. La frustración. La impotencia. Todo lo que me arrojaron. Todo lo que coseché. Lo que recibí por ser una completa idiota, por ser una ingenua, y creérmelas todas.
Sin embargo…

También he llorado a los que murieron. He llorado a los que se fueron. Una vez lloré a un sujeto que me arrancó el corazón. Di mi vida y mi sangre por él, pero no bastó. Y lo peor de todos, es que... no supe consolarme. 

No fui al entierro de la mujer que quiso ser. No hubo cuerpo, ni tumba, ni nadie a quien culpar. Solo yo, de pie, con las manos vacías y el agua corriéndome por la cara.
Eso es lo que más me jode. El puente se quemó, y lo quemé yo misma. 

Es igual...

Ya no puedo volver a ser esa inocente presumida. Ya no puedo creer en las mismas promesas. Porque esa inocencia que llevaba puesta como una armadura, convencido de que nada podía tocarme, se hizo pedazos la primera vez que la vida me golpeó de verdad. Y desde entonces camino sin ella, con la frente en alto.
Y créeme, cambiar no es una tragedia. Porque todo cambia, todo se pudre, y se arrastra hacia otra cosa. La tragedia es lo que permanece, el eco de lo que hoy es y mañana puede no ser, de lo que fue y pudo haber sido. Es mirar atrás y ver cuánto de lo mejor que había en mí, lo dejé tirado en el camino, a cambio de encajar en un molde que nunca pedí. Me limé los bordes hasta caber. Y ahora que quepo, descubro que lo que sobró era justo lo que me hacía falta.

A veces, a las tres de la mañana, miro el techo a oscuras, con la lluvia golpeando el vidrio como alguien que pide entrar, y siento el vértigo. No soy infeliz. Mentiría si lo dijera. Pero tampoco soy la que juró ser. Estoy en el medio, en ese lodazal de los que ya maduraron y aún cargan bajo la ropa, los trozos rotos de lo que esperaban de sí mismos.
Y me pregunto qué diría aquella muchacha si me viera ahora, empapada, cansada, con las manos llenas de cicatrices que ni recuerdo donde las conseguí. 

Si me aplaudiría por seguir de pie, o si se pondría a llorar al ver todo lo que tuve que matar para llegar hasta aquí. Creo que lo sé. Creo que haría las dos cosas. Porque pasé media vida buscándome, sin querer admitir que encontrarse a veces exige enterrar algo. Mirar al viejo “yo” a los ojos, y darle las gracias por las batallas que peleó, aunque las perdiera todas. Reconocer que me trajo hasta este lugar, con sus errores y su terquedad. Y después, debería dejarla ir. Sin ceremonia, sin discursos. Sino con la misma sequedad con la que se cierra una puerta. Como una acción voluntaria. Automática.
Porque no se levanta nada nuevo con las manos ocupadas cargando pasados moribundos.

Y sé que soltar duele. Duele quedarse sin referencias, con un mapa que ya no sirve de nada, y avanzando a ciegas por un camino que nadie trazó. Y sé que podría quedarme aquí, bajo este alero, esperando a que escampe, a que el mundo me devuelva lo que me quitó. Pero el mundo no devuelve nada. Y la lluvia, por mucho que se empeñe, nunca ha detenido a nadie.
Así que respiro hondo. El aire huele a tierra mojada, a cosa que está viva a pesar de todo. Me miro las manos otra vez. Siguen siendo las de un extraño, pero ya no me asustan. Están marcadas. Están cansadas. Pero son las que han sostenido todo lo que me ha traído hasta aquí, y pienso que todavía no ha terminado. La carrera sigue su curso. El viento sigue soplando.
No voy a rendirme. No por aquella muchacha ni por lo que prometió, sino por la mujer que tengo que ser y que aún no conozco. Me subo el cuello del abrigo, salgo del alero y dejo que el agua me caiga encima.
Que llueva. Yo seguiré. Mañana será otro día. Escucho el rugido. Sonrío. Supongo que mi labor sigue. La bestia surge por una esquina. Babea sangre, y sostiene entre sus garras, los restos de ciervo...

--De acuerdo... solos tú y yo...




 
®Eli Key´26  Autora de fantasía épica y Grimdark.

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